ReeToxa - Soliloquy


ReeToxa vuelve con álbum que desde que lees la historia detrás del este entiendes que no estás frente al típico proyecto grabado en un estudio durante unas vacaciones creativas. Aquí hubo años de espera, una pandemia, café en cantidades industriales, cigarros, insomnio, un compositor internado en un hospital y un chingo de ganas de no dejar morir un proyecto.


Jason McKee empezó a escribir canciones cuando apenas tenía 17 años. O sea, mientras muchos de nosotros andábamos preocupados por pasar alguna materia o por quién nos iba a contestar un mensaje, este camarada ya estaba armando un álbum completo. El nombre Soliloquy tampoco salió de la nada… viene de Shakespeare y de una profesora de literatura que prácticamente le prendió el foco creativo. Desde ahí ya sabes que la cosa no iba a ser un disco cualquiera.


Lo curioso es que el proyecto estuvo congelado durante años. De esos proyectos que todos dicen “algún día lo termino”, así como yo con esta nota pero que normalmente acaban guardados en un disco duro olvidado para después salir a relucir de una manera brillante. La diferencia es que una presentación pequeña y una chica llamada Lisa terminaron siendo el empujón que McKee necesitaba para dejar la universidad, ponerse serio y construir una banda.


Y cuando parecía que por fin todo iba a despega, ¡boom!, llegó el COVID. Se encerró, el mundo se pausó y el álbum volvió a quedarse guardado. En lugar de frustrarse, Jason hizo algo que muchos artistas hacen cuando la vida les da una cachetada: escribir todavía más. Durante esos años convirtió la ansiedad, el aislamiento y todas las experiencias personales en canciones. No suena precisamente como el ambiente más saludable porque sobrevivir con café y cigarros no es lo mejor jajaja, pero sí explica por qué el disco promete sentirse tan personal. 


Musicalmente, la producción pinta bastante ambiciosa. No todos los días escuchas que un álbum independiente incluye una esencia europea en seis canciones, además de músicos invitados y un trabajo de producción realizado minuciosamente. 



Lo más interesante de Soliloquy es que no parece estar pensado para quienes escuchan quince segundos de una canción antes de cambiarla. Es de esos discos que te piden sentarte, ponerte los audífonos, olvidarte del celular y dejar que las canciones hagan lo suyo. Sí, casi como en los viejos tiempos cuando escuchar un álbum completo era todo un ritual y no un skip interminable.


¿Será realmente “el mejor álbum independiente de Australia”, como aseguran? Eso ya depende de cada quien. Pero algo sí queda clarísimo, pocas producciones llegan cargadas con una historia tan caótica, tan humana y tan llena de obstáculos como esta. Y a veces, esas son justamente las que terminan conectando más con quien las escucha.


En pocas palabras, Soliloquy no solo vende música; vende una historia de perseverancia, obsesión creativa y resistencia. Y la neta, después de conocer todo el desmadre que hubo para hacerlo realidad, dan todavía más ganas de darle play.



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